Mi General y Yo
Desde que falleció mi General, siempre tuve la intención de recopilar sus anécdotas. Sin embargo, por las exigencias de mi profesión y la falta de tiempo, al principio solo pude anotar los títulos de las que recordaba. Hace unos quince años retomé el proyecto y añadí más relatos. Más adelante, se me ocurrió incluir un ensayo sencillo sobre cómo vi su evolución desde la infancia hasta sus últimos días.
Esa idea me impulsó a terminar las historias y, finalmente, publicarlas como un homenaje muy sentido para toda la familia, ya que ellos y sus amigos son los grandes protagonistas de estas vivencias.
Agradecimientos
Es difícil recordar todas las anécdotas y algunos de los detalles, por lo tanto, he venido preguntando a amigos y familiares, y he tenido que leer mucho de los escritos que se han realizado sobre mi General. Agradezco sobremanera la paciencia de mi esposa y mis hijas, que me han ayudado todo el tiempo, especialmente Katia Susana y mi nieta Mariana en la edición, para distribuir este presente ensayo y anecdotario. A la Filóloga, Sra. Lidia Azofeifa, por su magnífico trabajo y sus comentarios.
Ensayo
Estas notas nacen con el propósito de resaltar la personalidad del General Alberto Enríquez Gallo (1895-1962) a lo largo de su vida pública y privada. Su figura transitó por múltiples facetas: el militar al servicio de la Patria, el Ministro de Defensa, el Jefe Supremo de la República, el Senador y Presidente de la Comisión de Defensa Nacional. Pero también fue el amigo abnegado, el padre cariñoso y correcto, y un administrador dotado de un agudo sentido común que lo situó, en muchos aspectos, muy por delante de la época en que nació y creció.
En su libro "Ecuador, retrato de un pueblo", el escritor estadounidense Albert B. Franklin inmortalizó su apreciación sobre el Annus Mirabilis de 1938 con las siguientes palabras:
"Alto para ser ecuatoriano, joven para ser Jefe Supremo, y de buena presencia, Enríquez fue el primer presidente verdaderamente nacionalista de Ecuador. En su carácter de militar, exjefe del regimiento Yaguachi de caballería, su interés se circunscribía al país y a su estabilidad económica y política, más bien que a cualquiera de los partidos principales".
Todo personaje histórico debe ser juzgado bajo la luz del tiempo en que vivió. Mi General vino al mundo en un momento de profundas contradicciones. Mientras la vida resultaba amable para las clases acomodadas, las comunidades indígenas continuaban sometidas a condiciones coloniales, despojadas de sus tierras ancestrales. El General creció en el campo, presenciando realidades agrarias que rozaban la esclavitud, al mismo tiempo que en el hemisferio occidental se expandían las ideas de igualdad y fraternidad. Fue allí donde moldeó su sensibilidad social.
A diferencia de las élites de su tiempo, que pretendían sostener sus privilegios negando la educación a las clases desposeídas, mi General tuvo la fortuna de convivir desde la niñez con los sectores más vulnerables. Sus padres le enseñaron a ser franco en sus convicciones y a respetar profundamente a sus semejantes, con quienes jugaba y compartía en los años de infancia.
El despertar de una vocación social y militar
Desde muy temprano, demostró ser militar de corazón. Su vocación se selló a los diez años tras un encuentro fortuito con el general Eloy Alfaro, cerca de la finca de sus padres, en plena batalla librada por el "Viejo Luchador". Sin ser un erudito de la teoría política, poseía una inteligencia natural, clara y penetrante, que le permitió comprender antes que nadie la urgencia de dignificar a los trabajadores y fortalecer la soberanía nacional.
De temperamento afable y recto, jamás pudo ser acusado de una mala acción. Su característica mental predominante fue una capacidad especialísima para desentrañar la esencia de los problemas sociales del país. Fue un investigador paciente de la historia y un profundo conocedor de la naturaleza humana del pueblo ecuatoriano.
Su carrera jamás estuvo orientada a la acumulación de riqueza material, sino espiritual. Rechazó siempre la idea de dominar a sus compatriotas; prefirió ponerse a su servicio a través de las leyes, encontrando en la legislación un canal para su apasionada búsqueda de la justicia social. Como jefe de diversas unidades militares, demostró dotes excepcionales para el manejo de tropas, una disciplina intachable y una lealtad inquebrantable a sus principios.
Frente a gobernantes del pasado como Alfaro, Plaza o García Moreno, cuyas trayectorias cargaban con densas contradicciones morales, mi General llegó a dudar seriamente de la máxima de que "el fin justifica los medios". Él prefirió guiarse por lo que llamaba una "moral práctica". Vivió bajo los principios humanitarios del "perdón y el olvido", los cuales demostró con creces en los momentos más duros de su vida: al defender el honor del ejército en un duelo prestado, al sufrir la dolorosa pérdida de un hijo debido a un error médico, o al sobrevivir al ataque de un sicario, situaciones en las que jamás buscó revancha ni venganza.
Legado institucional y desprendimiento del poder
Gracias a su carrera militar, mi General conoció cada rincón del Ecuador. Ese contacto directo avivó su rechazo al centralismo absorbente que asfixiaba a las provincias. Comprendiendo el potencial económico de las regiones periféricas, elevó a la categoría de cantones a varias parroquias rezagadas, entre ellas a Salinas, sentando las bases de su futuro desarrollo.
Su paso por el Ministerio de Defensa y la Primera Magistratura transformó profundamente a las Fuerzas Armadas. Tras estudiar los sistemas militares de Chile, decretó reformas sustanciales para elevar la preparación técnica y moral de las cuatro ramas de la defensa nacional, dotándolas de los medios necesarios para proteger el patrimonio territorial; un legado que, lamentablemente, sería debilitado por gobernantes posteriores con consecuencias fatales para la integridad del país.
Su obra cumbre fue, sin duda, la promulgación del Código del Trabajo, que en su momento constituyó la legislación laboral más avanzada de América Latina. Mi General entendió que no habría desarrollo sostenible mientras existiera una brecha abismal entre ricos y pobres. Aunque la ley fue combatida con tenacidad por las oligarquías de la época para mantener el statu quo, el tiempo terminó por darle la razón.
Sin embargo, el rasgo que agigantó definitivamente su figura fue su inquebrantable espíritu republicano. En un acto de desprendimiento histórico, cumplió con antelación su promesa de devolver el poder a los civiles. Entregó el mandato encomendado por el ejército en apenas nueve meses, rehusando utilizar el cargo para perpetuarse o hacerse elegir presidente, una práctica tan común entre los políticos de ayer y de hoy.
Hacia el final de sus días, con la salud quebrantada y tras varias intervenciones quirúrgicas, continuó sirviendo al país como Senador por la provincia de Pichincha y Presidente de la Junta Nacional de Defensa. Sus ojos agónicos contemplaron con preocupación los primeros visos del deterioro moral e institucional del Estado.
A pesar de las persecuciones de sus detractores y del sacrificio que esto significó para su familia, el General Alberto Enríquez Gallo se mantuvo fiel a sus ideales hasta el último suspiro. Su patriotismo no solo guió sus reformas, sino cada día de su vida, consolidándolo como un auténtico héroe de la justicia social y un modelo de fervor cívico para el Ecuador.
Capítulo 1
El encuentro con el General Eloy Alfaro
Mi General nació en la hacienda de su padre, “Pachusala”, la cual queda al pie de los Ilinizas, muy cerca de Tanicuchí, donde fue inscrito en el Registro Civil Nacional. En esa zona se desarrolló una de las batallas más cruentas de la toma del poder de parte del General Eloy Alfaro, a comienzos del año 1906 con sus montubios, macheteros y gente de la costa que sufría mucho en el páramo frío, donde con mala intención los enemigos habían escogido el terreno, posiblemente para la última batalla.
Para ese entonces la zona era montañosa baja, típica de zonas frías altas, donde no hay especies arbóreas altas, sino matorral bien enmarañado, con un suelo lleno de piedras de las erupciones antiguas del volcán Cotopaxi. La presencia de caminos fáciles de transitar era muy poca, por lo tanto, para caminar por esos lugares en esos tiempos debió ser bastante complicado y peligroso.
Mi padre, futuro General y Jefe Supremo de la República, con menos de 10 años de edad, había oído sobre la guerra en su casa, de Latacunga, cuando los montubios pasaban hacia Quito. Su padre, como buen terrateniente, y sus familiares, gente muy adinerada de la provincia, estaban a favor del gobierno y lógicamente no querían por nada del mundo que el liberalismo subiera al poder.
En ese entonces el liberalismo y sus militantes eran vistos por los conservadores como el mismo “diablo”, lo cual atrajo mucho la atención del niño que estaba dando sus primeros pasos al pensamiento contrario al de la familia, por cuanto había intercambiado sus juegos y conversaciones con los indígenas que vivían en la finca del padre, por lo tanto, sentía una tremenda curiosidad por conocer a ese “diablo” en persona, tal como calificaban por esos tiempos a mi General Eloy Alfaro.
Como era un poco aventurado salir solo desde la finca, a semejante empresa aventurera, el niño decidió invitar a algunos de sus amigos de edad, que eran hijos de algunos de los empleados, jornaleros o vecinos de la finca de su padre. Todos conservadores, de cepa pura como era la gente de antaño, especialmente las familias adineradas de la Sierra y todo el personal que con ellos trabajaban.
Se llenaron los bolsillos de los pantalones de tostado, máchica y queso en la cocina, engañando a la “guasicama” o empleada de la casa de la finca, y con un poco de raspadura envueltos en papel traza, partieron a ver la “guerra” y cómo era ese “diablo” del que tanto hablaban en la casa de la hacienda. Mientras tanto un grupo de familiares y amigos seguían recogiendo dinero para apoyar a las fuerzas gubernamentales y derrotar la revolución lo más rápido posible.
Se acercaron a las huestes revolucionarias, las cuales estaban descansando y alimentándose por haber caminado tanto tiempo, para llegar al lugar donde se desarrollaría una de las últimas batallas libradas por el “viejo luchador”.
Algunos oficiales de mi General Alfaro les vieron, y uno de ellos reconoció a mi padre, puesto que era un familiar y conocía bien a toda la familia, pero militaba en las fuerzas Alfarístas con ideas liberales renovadoras para este país. Corría el 14 de enero de 1906.
Cuando el oficial Alfarísta se acercó para verlo bien, y comenzar a llamarle la atención por la imprudencia de estar allí, en donde podían correr algún peligro en forma tan arriesgada, el General Alfaro se dio cuenta del incidente que estaba ocurriendo afuera de la carpa improvisada como protección en el frío páramo del Chasqui, al cual no estaban acostumbrados él y sus aliados, y salió a ver qué pasaba.
El oficial, muy obediente y respetuosamente, le contó que uno de los niños que había venido a conocer al hombre tan odiado por sus familiares, estaba allí presente con un grupo pequeño de muchachos, que trataban de recoger casquillos de las balas que ya habían sido disparadas en días anteriores por las fuerzas de reconocimiento de ambos bandos.
Le llamó la atención al Viejo Luchador que un niño, hijo de sus enemigos políticos, fuera tan atrevido para ir a conocerle y recoger, como recuerdo, cartuchos usados por los soldados. Le hizo llamar frente a él.
El niño, en la forma más gallarda posible, dentro de sus temores, que seguramente tenía internamente, por conocer el verdadero “diablo” que decían sus familiares, se enfrentó a Alfaro en forma serena y tranquila. Viendo su actitud, el General, luego de un corto pero seguro interrogatorio, se acercó lo más que pudo y le dijo más o menos estas palabras: para que regreses a tu casa y no seas como tus padres y parientes curuchupas, te regalo este sucre de plata para tus golosinas y que compartas con tus amigos, pero se marchan inmediatamente de aquí, a las casas de cada uno.
El niño Alberto y la mayoría de sus amigos quedaron tan impresionados de ver que el “diablo” no era tan diablo como se decía, se sobrecogieron y regresaron a sus casas bien escoltados por soldados del Viejo Luchador a sus hogares.
Años más tarde todos esos niños luchaban en las filas liberales o socialistas por sacar al Ecuador de la casi esclavitud en que en esos tiempos vivía.
Capítulo 2
La lección sobre no sacar conclusiones superficiales
Cuando mi General tenía aproximadamente 12 años de edad y estaba pasando vacaciones en la finca de su padre, Pachusala, su madre estaba enferma y tenía que salir a comprar unas pastillas al cercano pueblo de Tanicuchí. Ensilló su caballo y a la velocidad que pudo, pasando por atajos conocidos para él, en un momento estuvo en el pueblo y compró los remedios, y pensó en dar una vuelta para ver a una amiga (muy especial), hija de un amigo de sus padres, quien lo recibió muy entusiasta.
Cuando le preguntaron qué hacía allí a esas horas, él les dio razón de la compra que había realizado y que tenía que regresar antes de que le coja la noche, sin embargo, se quedó un momento por estar con su amiga y tomar una taza de chocolate.
Pronto se dio cuenta de que ya era tarde, y tan pronto se alistó para regresar se dio cuenta de que el sol ya se ponía y que la luz cada vez era más escasa. Se subió rápido a la cabalgadura, ligeramente se despidió de su amiga y emprendió el regreso.
Tomó el camino que siempre había recorrido, pero pensó que podía pasar por el llano grande, cruzando como había ido al pueblo, y ganar unos minutos que eran precisos para no llegar muy de noche a la finca. Cuando estaba en medio llano, recordó que la gente decía que por allí rondaba un alma de alguien asesinado hace mucho tiempo y que se aparecía al ponerse el sol, especialmente.
Pensando en evitar el alma, espueleó a su cabalgadura y tan pronto como pudo se acomodó el sombrero para que no se cayera, pero la sorpresa fue grande al ver hacia a derecha, el alma se le apareció a unos pocos metros de donde cabalgaba. Volaba suspensa en el aire, pero no podía ver claramente si era una persona, una calavera o solamente una túnica que volaba a su lado.
Cerró los ojos y siguió como pudo, pues él sabía que su caballo conocía el camino perfectamente. Cada vez que abría los ojos, continuaba viendo el alma a la derecha. Cada vez tenía más miedo de que el alma le hiciera daño y por lo tanto corría más con el caballo ya casi desbocado.
Movía la vista, pero el alma no se le quitaba del lugar. Al cabo de algunos minutos de angustia indescriptible, al fin vio la luz de la hacienda y saltando el portillo entró en el camino real a la finca. Tan pronto entro al patio, gritó para que el mayordomo cogiera el caballo y entró en la casa desaforado, luego entregó los remedios que le fueron suministrados a la madre inmediatamente, pero seguía viendo el alma.
Al sacarse el sombrero, se dio cuenta de que el alma se le había ido, pero aún seguía con un susto terrible. Qué aspecto habrá tenido que sus hermanos y su padre le preguntaban qué había pasado, que parecía haber visto al mismo diablo.
Entonces él contó lo del alma, y al ponerse el sombrero para indicarles por el lugar que veía el alma volvió al verla claramente en el mismo lugar, y casi se desmaya del susto. Su padre, quitándole el sombrero, le hizo ver lo que él pretendía ver como alma, no era sino un hilo que se había desprendido del sombrero y que visto de cerca parecía la famosa alma.
Como resultado de esta tremenda experiencia, mi padre nos recomendaba no sacar conclusiones de algo que veamos en forma superficial, lo que me llevó siempre a recordarlo mientas hacía mis estudios de doctorado, donde fui muy cuidadoso en mi trabajo experimental y más tarde en el trabajo en general.
Capítulo 3
El paso del miedo a la utilidad de la tecnología
Cuenta mi padre que era muy pequeño y apenas recuerda la anécdota cuando vió el tren por primera vez.
Unos compañeros de escuela ya habían visto el tren cuando por primera vez llegó a Latacunga, y se habían pegado un gran susto por el ruido y el pito que era muy fuerte en ese tipo de tren, y peor aún cuando entraba a la ciudad con una curva muy pronunciada.
Aprovechando la curva, los amigos le llevaron engañado, para que “vieran unos lobitos” que habían nacido cerca de la ciudad. Como el tren era bastante puntual en su horario, ellos le acercaron lo más posible a la línea sin que viera claramente los rieles, lo cual habría dado cierta duda al pequeño Alberto, que desde entonces era muy despierto y aventurero.
Al llegar, sonó el pito del tren alertando su llegada, mi padre dice que dió tal brinco fuera del lugar y que corrió desaforado para no ver semejante monstruo que sonaba tan estrepitosamente, mientras sus compañeros se morían de la risa, junto al tren que ya había pasado y parado en la estación.
Me contó que le costó acercarse al tren, y ver que en realidad no era un monstruo sino simplemente un aparato que luego le resultaría muy útil en su vida. Él no se quedó así contento con la experiencia vivida, sino que invitó a otros muchachos y les hizo caer en la misma trampa en que él había caído.
Capítulo 4
La determinación por el servicio desde la temprana edad
Una vez que mi General, cuando niño, vio a los oficiales y a los soldados en campaña, habló con ellos, le hicieron comentarios que debieron impresionarle mucho. Se entusiasmó tanto que cuando regresó a su casa solamente hablaba de la guerra y de que quería ser militar, a como diera lugar. Quería irse al ejército, pues él creía que a cualquier edad les aceptaban en las filas.
Lógicamente toda la familia se opuso y le discutieron su pensamiento, le argumentaron todos los posibles problemas que podía tener durante su estadía en el ejército, pero él estaba ya convencido de que él sería militar como diera lugar.
Los días fueron pasando y ya todos creían que el muchacho había comprendido el problema que le planteaban sus hermanos y padres, quienes hacían todo lo posible por asegurar que el muchacho no fuera a “cometer semejante equivocación”.
Como la mayoría de los muchachos de esas zonas de provincia, la mejor alternativa para la educación eran las Escuelas de la ciudad provincial, en este caso la ciudad de Latacunga. Mi General inició sus estudios en la Escuela de los Hermanos Cristianos, como correspondía a los hijos de hacendados ricos o personas pudientes de la localidad.
Los días pasaron hasta que se le presentó la ocasión perfecta. A raíz de las tensiones políticas que amenazaban con desatar una guerra, se enlistó en el ejército en secreto, sin decirle nada a nadie en su casa. Debido a su corta edad, no le podían dar de alta como soldado, seguramente no podría llevar ni un fusil pues aún era muy pequeño. El niño estaba muy contrariado y seguía insistiendo en entrar al ejército, entonces le asignaron como tambor mayor en la banda de guerra, para que salga delante de los militares en las calles de Latacunga, con los soldados que iban a pelear en la “guerra”.
Así lo descubrieron sus padres y parientes, quienes no tenían idea dónde estaba. Inmediatamente su padre pidió que lo retiraran, pero las reglas de ejército muchas veces no permiten cosas tan simples como esas, puesto que estaba enrolado en las filas y tenía que ser dado de baja para poder salir a la vida civil.
De esta manera, mi General quedó como tambor retirado del ejército. Una vez que se aclararon las cosas, se dieron cuenta de que no tenía edad y que había mentido sobre la fecha de su nacimiento para entrar al ejército. Esas fueron sus primeras experiencias dentro de las filas del ejército, que nunca nadie los pudo borrar. Tan pronto pudo volvió a las filas pensando en quedarse definitivamente como soldado, para servir a la Patria.
Siempre que nos recordaba esas experiencias, y nos decía que la mejor opción para el futuro de cada uno era la que más le guste y la que las posibilidades le permitan para asegurar un futuro lleno de satisfacción, tanto para cada uno, como para su futura familia.
Capítulo 5
La selección y el respeto por los animales
Mi General nos contaba que su padre era muy aficionado a los caballos, pues los había criado desde potros y por lo tanto les tenía mucha estima. Cada año seleccionaba los mejores para dejarlos en la finca y los demás potrillos los vendía en Latacunga, Lasso o en Saquisilí.
Durante uno de los rodeos destinados a clasificar a los caballos, mi padre se sumó a la tarea de observar el desfile de los potros. Por un lado, mi General, un experto en la materia, elegía a sus favoritos; por el otro, mi abuelo y el mayordomo escogían los suyos basándose en razones distintas. Tras esta primera revisión, cotejaban los números de los animales y apartaban únicamente a los que aparecían en ambas listas. Según me contaba mi General, rara vez coincidían, ya que cada parte evaluaba a los caballos desde perspectivas completamente opuestas.
La diferencia de criterios era clara. Como militar, mi General se inclinaba por caballos fuertes, resistentes y trotadores, ideales para el ejército. Por el contrario, para el trabajo de la finca, mi abuelo buscaba animales de paso suave y carácter dócil, que sirvieran para montar y ayudaran a arrear las ovejas, los asnos y los demás caballos.
Después de la primera revisión, separaban a los caballos en los que ambos grupos habían coincidido. Luego, volvían a evaluar a los que solo tenían el voto de una de las partes para debatir y llegar a un acuerdo. Al final de este proceso, la mayoría lograba entrar en la lista definitiva y solo unos pocos quedaban descartados para la venta.
Luego, venía la parte más importante, porque había que amansar a los potros y esto era trabajo de personas especializadas. Cada finca tenía su propio amansador de caballos y muchas veces el éxito de un caballo bueno de servicio era el resultado de una buena doma. El chalán se encargaba de amansarlos y de lograr que cada animal marcara su paso o su trote con total nitidez. Tras este proceso, se hacía una última selección para escoger entre diez y doce caballos que serían los definitivos. Los demás se destinaban al uso de los mayordomos, los mayorales y las tareas generales de la finca.
Al terminar la doma, el abuelo ya tenía sus potros favoritos. Si el amansador confirmaba que eran de buena calidad, esos caballos se separaban inmediatamente del resto y se les ponía un nombre. Cuando estaban poniéndole nombres a los caballos, cuenta mi General que mi abuelo vio salir corriendo a un potro con uno de los amansadores, y que este era uno de los preferidos. Mi abuelo salió al corredor de la finca y le gritó al hombre que si dañaba al caballo tenía que pagarle… En ese momento, no se sabe cuánto quiso decir, pero repitió dos veces Doscientosquinientos.
Posiblemente su intención era decir solo doscientos sucres, pero al darse cuenta de que era muy poco, se decidió por los quinientos. En ese momento, mi General se rio del trabalenguas que hizo mi abuelo y le puso ese nombre al caballo, a pesar de las protestas de mi abuelo. Más tarde ese animal era uno de los preferidos de toda la familia por lo bueno, manso y obediente que resultó, y se hizo muy popular no solo en la hacienda sino fuera de ella por lo extraño del nombre.
Capítulo 6
La vida cotidiana en el páramo ecuatoriano
Mi primo Fotete (el Dr. Florentino Uribe) cuenta la anécdota de una broma que mi General le hizo a uno de sus amigos. Como mis primos eran mayores que yo, solían pasar las vacaciones en la finca del abuelo, donde tenían permiso de invitar a sus propios amigos para hacer sus diabluras.
Un día, mientras estaban en el campo con todo el grupo, bastante lejos de la casa de la finca, a uno de los amigos al que apodaban “el cura Paz”, por ser muy callado y recatado, le dieron ganas de ir al baño. Al no tener dónde, se acercó a una construcción vieja para esconderse detrás de una pared. Sin embargo, mi General lo vio irse sin que "el cura" se diera cuenta.
Lo divertido del caso es que él no notó que se había agachado justo frente a un agujero en la pared. Al ver esto, mi General agarró una teja suelta y, pasándola con cuidado por el hueco, la acomodó en el suelo. Así, "el cura" hizo lo suyo directamente sobre la teja, la cual mi General retiró en cuanto aquel terminó. Como suele pasar, al acabar la persona voltea a mirar antes de subirse los pantalones; cuando él lo hizo, se quedó extrañadísimo al ver el piso completamente limpio. Sin embargo, los amigos ya lo estaban llamando y no tuvo tiempo de averiguar qué había pasado.
Al acercarse a los demás, todos (que ya sabían de la jugada) comenzaron a taparse la nariz y a apartarse de él. Esto lo hizo entrar en pánico: como sabía que había hecho sus necesidades, pero no había visto nada en el piso, dedujo que se había manchado. Empezó a examinarse la ropa minuciosamente sin éxito.
Ante la insistencia de sus amigos, que seguían quejándose del supuesto mal olor, corrió a una acequia y se desnudó para bañarse y asegurarse de quedar limpio. Fue entonces cuando todos aprovecharon para arrojarle la ropa al agua y escapar a carcajadas.
Al pobre “cura” no le quedó más remedio que salir, exprimir su ropa y regresar a la hacienda empapado y tiritando, ya que la propiedad de Pachusala quedaba al pie del Iliniza y el frío allí era tremendo. Solo días después le confesaron la verdad; mientras tanto, sus amigos siguieron molestándolo con que todavía olía mal, dejándolo completamente desconcertado sin entender qué había pasado.
Capítulo 7
Humanidad y respeto a la diversidad
Durante una de las revoluciones más sangrientas del país, en la provincia de Esmeraldas, el recién ascendido teniente de caballería Alberto Enríquez se encontraba en medio del conflicto. Los rebeldes se habían alzado bajo las órdenes del General Concha con el firme propósito de derrocar al gobierno, desatando feroces escaramuzas por toda la región.
La consigna de los revolucionarios era implacable: fusilar de inmediato a cualquier oficial capturado y tomar como prisionera a la tropa. En ese ambiente hostil, una tarde, los soldados y algunos oficiales jugaban al fútbol en un campo improvisado dentro de la selva, completamente concentrados en el juego y sin sospechar el peligro.
A pocos minutos de que terminara el tiempo reglamentario, el equipo de la tropa anotó un gol dramático. La verdadera sorpresa llegó de inmediato: desde la espesa selva, un grito ensordecedor de ¡GOOOOOL! hizo eco en el campamento. Toda la soldadesca se quedó de piedra al darse cuenta de que quienes celebraban eran sus propios enemigos. Los revolucionarios habían llegado para emboscarlos, pero se habían distraído viendo el partido. Segundos después, la cancha se convirtió en el escenario de una encarnizada lucha fratricida.
Días después del episodio del fútbol, el teniente Enríquez y su grupo cayeron en una emboscada de la que era imposible salir librados: casi todos sus soldados estaban heridos o muertos. Acorralado en un canal y con dos bajas frente a él, Enríquez sabía que las insignias de su camisa militar significaban una ejecución inmediata si lo capturaban. En un intento desesperado por salvar el pellejo, intercambió su camisa con la de uno de los soldados caídos.
Tras agotar las últimas municiones de los muertos, no tuvo más opción que rendirse. Los rebeldes de Concha lo tomaron prisionero y lo asignaron como esclavo al servicio de una familia local, cuyo patriarca, un afrodescendiente alto y de mirada vivaz, era uno de los combatientes aliados a la revolución.
Con los ojos vendados para que perdiera el rumbo, el "teniente" fue conducido a la casa de don Manuel. Durante varias semanas permaneció allí, cumpliendo de la mejor manera posible con los quehaceres que le imponían. Sin embargo, su suerte cambió gracias a la música: como sabía tocar la guitarra y algunos instrumentos de viento, se ganó rápidamente la simpatía de la familia, compuesta por la esposa de don Manuel y sus dos hijas de 20 y 22 años. Pronto, las reuniones del pueblo cobraron fama gracias al talento de este "chulla", que con su música hacía bailar y disfrutar a la gente de la zona.
Qué más pasó en tan interesante grupo no se sabe con claridad, pero se sabe que cuando el chulla Enríquez fue canjeado por uno de los prisioneros que tenían los del gobierno, hubo muchos llantos y lamentos porque “Albertito”, como ya le llamaban, se les iba y era difícil que lo volvieran a ver, por las circunstancias de la guerra, que estaba por terminarse.
Años más tarde, siendo ya candidato a la presidencia de la República, mi General recorría las provincias del país. Al cruzar un río en Esmeraldas, el paisaje le resultó familiar: era el mismo lugar donde los revolucionarios lo habían tenido prisionero. La sorpresa fue mayúscula cuando fijó la vista en el canoero; su rostro le pareció conocido y el hombre, a su vez, lo miraba con extrañeza.
Mi General se levantó, se acercó al timonel y le dijo: "Tú eres don Manuel". El hombre respondió de inmediato: "¡Y tú eres Albertito!". Se fundieron en un fuerte abrazo que casi hace volcar la canoa, sellando una amistad que la guerra había interrumpido.
Capítulo 8
Valentía frente al peligro
Durante algunos años, mi General comandó un pelotón llamado “Cazadores de los Ríos”. El nombre se debía a que, en aquella época, varias bandas de cuatreros y criminales muy peligrosos azotaban la región, y las autoridades prácticamente tenían que cazarlos en el terreno para poder terminar con sus delitos.
Como el General en la juventud ascendió muy rápido en el ejército, mucha gente le tenía envidia en el Ministerio de Defensa. Cuando crearon este pelotón, pensaron que como jefe de dicho pelotón no iba a durar mucho tiempo, porque o lo mataban o se despechaba del ejército.
Su pasión por la vida militar era tan grande que aceptó el reto con entusiasmo, motivado también porque una de sus hermanas vivía en Vinces, justamente la zona más afectada por la delincuencia. Desde su llegada, el General se ganó el respeto y afecto de la tropa gracias a su gran don de gentes. Además, tocaba el piano, el violín y la guitarra de forma magistral; aunque lo hacía de oído, pues la exigencia de su carrera militar nunca le dejó tiempo para estudiar solfeo, tenía el talento de armar una buena farra en cualquier momento y lugar.
En cierta ocasión, le informaron que un peligroso criminal al que perseguían desde hacía tiempo se encontraba en el pueblo de "Armón" afeitándose en una barbería. Se sabía que el prófugo nunca andaba solo; lo acompañaban varios escoltas que también tenían cuentas pendientes con la justicia. Como mi General era nuevo en el pelotón, casi nadie en el lugar conocía su rostro, lo que le daba el factor sorpresa. Entrar con toda la tropa habría desatado una balacera mortal, así que ideó un plan: desplegó a sus hombres de forma encubierta alrededor del pueblo, listos para intervenir a una señal suya y capturar al prisionero.
Entró al pueblo como un paisano cualquiera, a nadie le llamaba la atención que portara armas pues todos tenían al menos un revólver o una carabina. Se acercó a la plaza central, identificó la peluquería, y resueltamente fue directo a ella. Tan pronto se instaló en el local, identificó al criminal por las señas que le habían dado, y no tardó en apuntarle con el revólver y pedirle que saliera inmediatamente.
El criminal, sin darse cuenta de lo que verdaderamente estaba sucediendo, salió con él, sin decir ni una palabra. Quién sabe qué pensaba ese momento, cualquier cosa menos que un solo hombre se atreviera a tomarle preso y en su propio lugar. Una vez afuera de la peluquería, dio la señal para que el resto de los soldados se acercaran, lo amarraran y desaparecieran del lugar.
En un acto de valor como ese, el General comentaba que ni él mismo estaba consciente del riesgo que tomaba, pues era conocido que aquel personaje ya tenía muchas muertes en su haber y en formas poco comunes. Eso le sirvió como ejemplo y respeto muy grande para el resto de su permanencia como comandante de ese pelotón.
También nos contaba que varios de los capturados por ese pelotón eran criminales muy peligrosos. Con ellos se debía aplicar la "ley de fuga" si intentaban escapar antes de ser entregados a la justicia. En aquella época, los delincuentes sabían que los tribunales actuaban con mano dura y que la gran mayoría recibiría su castigo, por lo que muchos arriesgaban el todo por el todo para huir. Debido a esto, los soldados a menudo se veían en la dura obligación de disparar para cumplir con la ley; una situación que incluso se repetía en las cárceles, donde a veces se les facilitaba la huida para darles el mismo desenlace.
Mi General solía ofrecer el perdón a aquellos delincuentes con potencial que capturaban, a cambio de que se incorporaran al pelotón; muchos aceptaron y sirvieron con total lealtad durante años. Al sumarlos, el grupo ganó hombres fieles que conocían a la perfección la zona, las costumbres locales y los rincones donde se escondían los criminales. Uno de ellos tenía la costumbre de marcar con una lima el cañón de su carabina por cada delincuente que debía abatir. Cuando mi General dejó el pelotón, el sargento que le servía de asistente andaba buscando un fusil nuevo para reemplazar el suyo, pues ya no le quedaba espacio libre para poner una sola raya más.
Capítulo 9
Tradiciones que forman la identidad
A través de sus vivencias, mi General nos enseñó que nunca se debe abusar del poder ni herir la dignidad de los demás. Recordaba que, en uno de sus cuarteles, tenían un comandante de pésimo genio que castigaba a inocentes y culpables por la más mínima tontería, ganándose el desprecio de casi todo el personal.
En una ocasión, este superior se ensañó especialmente con un grupo de soldados nuevos. Lo que el comandante no calculó fue que estos reclutas no tenían el espíritu sumiso de la vieja guardia, acostumbrada a la obediencia ciega y a soportar cualquier maltrato sin protestar.
Este comandante tenía la manía de que, si a alguien no le gustaba una comida o dejaba un poco en el plato, le ordenaba al salonero servirle doble ración de lo mismo todos los días, hasta que "aprendiera" a comerlo.
Una tarde sirvieron chocolate hirviendo. Como toda la tropa sabía que el jefe buscaba cualquier pretexto para castigarlos, un soldado astuto exclamó en voz alta: «¡Qué bueno está el chocolate, lástima que esté tan frío!». Al oír la supuesta queja, el comandante vio la oportunidad perfecta para reprender a los cocineros por negligentes. Para comprobar el "delito", dio un enorme trago directo a la taza; la quemada fue tan severa que tuvo que ausentarse del cuartel por varios días. Al final no pudo castigar a nadie: no sabía qué soldado había hablado y tampoco podía sancionar a la cocina por servir el chocolate caliente.
Cuando uno de mis hermanos le preguntó si había sido él quien inventó lo del chocolate frío, mi General lo negó. Sin embargo, conociendo su carácter y la forma tan leal en que siempre defendía a sus subordinados, todos nos quedamos con la firme sospecha de que el de la idea fue él.
Capítulo 10
El respeto a las instituciones
Mi General nos contó que, cuando tenía el grado de mayor, estaba acantonado en el Batallón Yaguachi, en el sector de La Magdalena. Durante esos días de profunda crisis política en Ecuador, corría el fuerte rumor de que el presidente de la República planeaba declararse dictador. Al parecer, el mandatario se sentía atado de manos por unas leyes que le impedían ejecutar las reformas que él consideraba necesarias para un país históricamente mal gobernado.
Antes de que se hiciera un pronunciamiento oficial, el mayor Enríquez indagó entre las filas y descubrió que su propio comandante formaba parte de la conspiración, aunque la mayoría de los oficiales del escuadrón rechazaba el golpe. Temeroso de que el plan fracasara por la falta de un consenso claro, el jefe del cuartel le pidió al presidente que fuera en persona a solicitar el respaldo de la tropa, ya que sin el apoyo de ese batallón estratégico el golpe de Estado estaba condenado al fracaso.
El presidente acudió al cuartel y el comandante ordenó formar a la tropa para que escuchara el discurso de primera mano. El mayor Enríquez guardó un frío silencio y dejó que el mandatario pronunciara su discurso. Sin embargo, al notar que sus palabras no despertaban el más mínimo entusiasmo, el presidente terminó su discurso pidiéndole a Enríquez que expresara su postura.
Aquella tajante negativa desarmó las pretensiones dictatoriales del mandatario, quien se retiró indignado. El plan fracasó y, semanas más tarde, las Fuerzas Armadas terminaron por destituirlo de la presidencia.
Capítulo 11
El honor y la firmeza en la arena política
Cuando mi padre comandaba el batallón Yaguachi, un diputado del Congreso Nacional lanzó una crítica sumamente ofensiva contra el ejército del país. En vista de que el Comandante General de la institución no podía salir en su defensa por razones políticas, mi padre se sintió directamente aludido y, fiel a su carácter, desafió al legislador a un duelo de honor.
Aunque los duelos estaban prohibidos en el país, todos los rigores del duelo fueron cumplidos y llegó el momento de dispararse. El congresista quiso disparar antes de lo debido, pero por alguna razón, a pesar de haber seleccionado al azar el arma, y de estar bien revisadas ambas armas por los padrinos, el duelista no pudo disparar.
Los padrinos contaban que al congresista el dedo no le respondió para apretar el gatillo; otros decían que su arma simplemente se encasquilló. Lo cierto es que, cuando llegó el turno de mi General, él decidió disparar al aire. Lo hizo por pura caballerosidad, ya que, habiendo sido campeón de tiro de las Fuerzas Armadas por varios años, habría podido poner la bala donde hubiera querido. Incluso ya anciano, era capaz de abrir una caja de fósforos de un tiro a más de diez metros de distancia con cualquier arma corta.
Este ejemplo de caballerosidad contrasta con los bochornosos espectáculos de la política actual. Hoy vemos a legisladores actuar como matones callejeros en televisión: sacando armas, lanzando objetos y agrediéndose a golpes, sin importarles la presencia de las damas. Es doloroso ver esta decadencia cuando, en el pasado, el honor y los ideales se defendían con verdadera gallardía, entereza y caballerosidad.
Capítulo 12
Ética en las transacciones y conocimiento del terreno
Como mi padre sabía mucho de caballos, solía dar una mano a los vecinos de la hacienda de mi abuelo, Luis Cornelio. En una ocasión, uno de ellos le pidió ayuda con una yegua árabe de gran linaje que acababa de adquirir. El propietario tenía grandes planes para ella, pues un amigo le había prestado un semental igual de fino para cruzarlos.
La llegada del semental a la propiedad se vivió como una auténtica fiesta. Se tomaron todas las previsiones técnicas, incluyendo el uso de un potro de monta para proteger al caballo de cualquier coz de la yegua. Una vez que se completó la cruza con éxito, todos felicitaron entusiasmados al dueño por tan hermoso animal.
El cuidado de la yegua se convirtió en la prioridad de la hacienda. La promesa de una cría de tan alto linaje despertó la curiosidad de toda la zona, donde los lugareños ya se imaginaban lo hermoso que sería el potrillo. El animal recibía un trato de reina y una alimentación de primera calidad, haciendo honor a su gran valor. Mi General se convirtió en el asesor principal del proyecto, supervisando cada detalle de su nutrición y estado físico para asegurar que el embarazo llegara a feliz término.
Al fin llegó el día tan esperado. Había un gran alboroto en la hacienda porque todo apuntaba a que la yegua pariría por la noche. El veterinario y un peón se quedaron en vela para atender el parto. Ya de madrugada, el sirviente corrió a la casa principal y despertó al dueño con la gran noticia: «¡Patrón, ya nació la cría!». El hacendado, emocionado, le preguntó de inmediato si era macho o hembra, pues de eso dependían sus ambiciosos planes. Con una enorme sonrisa en la cara, el peón le soltó el inesperado remate: «Es un mulo, patrón, nació un mulo macho».
Como un mulo es el resultado del cruce entre un burro y una yegua, el nacimiento era inexplicable; después de todo, la comunidad entera había sido testigo de la monta del semental árabe. Fuera de sí, el hacendado ordenó sacrificar al recién nacido de inmediato. Juró dar con el responsable de semejante descuido para hacerle pagar con la misma suerte, convencido de que alguien había dejado entrar a un burro al corral. Al final, el culpable prefirió llevarse el secreto a la tumba, consciente de las terribles consecuencias si llegaba a confesar.
Mi padre llegó justo en medio del altercado con la servidumbre. Al comprender la situación, intervino de inmediato pidiéndole al frustrado criador que le vendiera el pequeño mulo para llevarlo al destacamento militar. Apoyado en la confianza mutua y ante la falta de alternativas, el hacendado accedió con tal de deshacerse de él en el acto. Sin vacilar, mi padre lo puso a salvo antes de que lo ejecutaran, consciente de que la indignación del propietario era tan ciega que ponía en riesgo incluso la vida de la valiosa yegua árabe.
Con el tiempo, mi padre mantuvo al tanto a su amigo sobre el crecimiento del mulo. Al igual que toda la caballada del ejército, recibió cuidados de primera, especialmente por parte de los pocos que conocían su procedencia.
Gracias a esa excelente crianza y alimentación, el animal desarrolló una estampa imponente. Pronto sorprendió a todos con su velocidad y agilidad para el salto; virtudes extrañas en un mulo, pero totalmente lógicas si se recordaba la sangre árabe de su madre. Con el entrenamiento adecuado, no tardó en ganarse la fama de ser un corredor de primera en el cuartel.
Invitado a un concurso hípico en Colombia, mi padre viajó con sus caballos y llevó al mulo como apoyo. Los colombianos ganaron casi todas las competencias y presumían su superioridad. Cerca del final, mi padre desafió al comandante local a una carrera con jugosas apuestas, picando su orgullo: jugaría su mulo contra los mejores caballos de ellos. Creyendo que era dinero fácil, los colombianos aceptaron entre burlas de la tropa y alinearon a sus corredores más veloces, seguros de humillar al inesperado rival.
Para hacer el desafío más atractivo, mi padre decidió competir él mismo, a pesar de que su contextura robusta superaba por mucho el peso de los jinetes profesionales. Al darse la salida, controló el paso del mulo manteniéndose a la zaga; la estrategia funcionó y las apuestas en las tribunas se dispararon. Al entrar en la recta final, le exigió el máximo al animal, que respondió con una aceleración asombrosa, ganando la carrera con tres cuerpos de ventaja ante la mirada incrédula del público.
En la celebración posterior, los anfitriones se empecinaron en comprarlo. Mi padre se resistió a desprenderse de él, pero ante la presión y las sutiles trabas para sacarlo de Colombia, aceptó venderlo por una jugosa suma. El mulo se quedó allá, dejando a los oficiales colombianos con los bolsillos vacíos, pero dueños de un corredor extraordinario.
Capítulo 13
El arte como bien común
Mi General nos contaba que, en una ocasión, el Gobierno nacional lo envió a Chile con la misión de adquirir caballos reproductores para mejorar las razas de la caballería del ejército. Su selección no fue al azar; él era un auténtico experto en la materia gracias a que se había criado entre equinos desde muy pequeño en la hacienda de su padre.
Al llegar, se presentó ante el embajador, le detalló el propósito de su viaje y le solicitó el apoyo logístico para iniciar los contactos. El diplomático le brindó todas las facilidades posibles, hasta que el Estado ecuatoriano dejó de enviar los fondos asignados debido a la estrechez económica. La falta de dinero fue tan grave que se reunieron los miembros de la Embajada para tomar una decisión al respecto, y mi padre les contó más o menos lo siguiente:
Con los planes en pausa por la falta de viáticos para financiar el viaje de vuelta al Ecuador, mi General mataba el tiempo paseando con un empleado diplomático. En su recorrido entraron a un local cuyo pianista, debilitado por una enfermedad, apenas podía tocar a intervalos.
Al ver la situación, mi General hizo uso de su talento musical y se sentó ante el instrumento para darle un respiro al hombre. Aquello causó sensación. La clientela contemplaba con asombro cómo un oficial de uniforme exótico interpretaba con maestría ritmos de las latitudes andinas. Los aplausos no se hicieron esperar y el negocio comenzó a llenarse de curiosos que entraban solo para escuchar al sorpresivo pianista militar.
Animado por el buen recibimiento del público, mi General sugirió a sus compañeros de delegación que él podría convertirse en el pianista habitual del local si el dueño se comprometía a proveer la alimentación de todo el equipo.
Aunque los diplomáticos dudaron de que el propietario aceptara, mi General se le acercó y le planteó la idea. Para su sorpresa, el empresario accedió entusiasmado, pues ya había comprobado el enorme potencial del sorpresivo pianista para atraer clientes. Gracias a este ingenioso acuerdo, la delegación pudo comer bien hasta que por fin llegaron los fondos atrasados del Estado. Mi General no solo culminó con éxito la compra de los sementales para regresar al Ecuador, sino que, de paso, salvó el prestigio de su país en el extranjero.
Capítulo 14
La profesionalización de la seguridad
Mi General nos contaba que, durante su estancia en Chile, mientras esperaba que el Gobierno ecuatoriano transfiriera los fondos para la compra de los caballos, aprovechó el tiempo libre para saciar una gran curiosidad. Aunque era un oficial de carrera del ejército, decidió visitar la escuela de policía local, conocidos allá como carabineros. Le intrigaba profundamente entender por qué la ciudadanía chilena les profesaba tanto respeto y, en cierta medida, hasta temor.
Su gran sentido común le permitió ver de inmediato que la clave estaba en el tipo de instrucción que recibían los cadetes. Se dio cuenta de que la policía no contaba con una verdadera escuela de formación ni con personal especializado; en su lugar, la institución dependía de militares activos o retirados, lo que equiparaba su carrera a la del ejército.
Aquella experiencia lo marcó profundamente. Fue testigo de cómo un único carabinero chileno, con su sola presencia y una escopeta en mano, contuvo a un grupo de sindicalistas que pretendían alterar el orden público en contra de las directrices del gobierno. Al agente le bastó hablarles para disolver la concentración con total facilidad.
Según explicaba, aquellos agentes eran personas muy cultas, bien preparadas y con el entrenamiento adecuado para esos casos. Por ello, solicitó información detallada al respecto. Aunque la recibió mucho tiempo después a través de la Embajada de Ecuador en Chile, para entonces casi había olvidado el asunto. Aunque planteó a sus superiores la posibilidad de fundar una academia de ese tipo, su propuesta fue ignorada por el alto mando y sus colegas del ejército, motivados principalmente por el temor a la competencia.
Años más tarde, al ser nombrado Ministro de Defensa Nacional, vio la oportunidad perfecta para concretar su idea. Tras realizar consultas e investigaciones en otros países, fundó la institución que hoy es la Escuela de Oficiales de la Policía y que lleva su nombre. Actualmente, este centro brinda una formación militar, académica y práctica de la cual egresan los oficiales responsables de la paz y seguridad ciudadana del país. Todo esto a pesar de las crisis económicas y del desinterés de varios gobiernos posteriores.
Durante un reciente homenaje a mi general en la escuela policial, apreciamos el busto, el retrato y los objetos personales que mis hermanos donaron. En su momento, yo renuncié a heredar sus pertenencias porque estoy convencido de que los objetos de mi padre no pertenecen a la familia, sino al Ecuador. Su legado y obra deben estar expuestos en un museo o en su escuela para el conocimiento de toda la sociedad.
Capítulo 15
Soberanía y respeto a la identidad volcánica
Mi general me contaba que, desde joven, le desagradaba que la actual provincia de Cotopaxi se llamara "De León". Mientras que la mayoría de las provincias del callejón interandino (como Imbabura, Chimborazo, Pichincha o Tungurahua) adoptaban el nombre de su volcán más importante, esta se nombraba en honor a un personaje que presumiblemente ni siquiera era de la región.
Tanto nacionales como extranjeros coincidían en esta inconsistencia, sobre todo porque en aquella época se consolidó la fama del Cotopaxi como el volcán activo más alto del mundo, cuyo perfecto cono estético le otorgaba un atractivo turístico único.
Cuando vivíamos en Latacunga, la gente culta dudaba del origen local de don Vicente León. Por esta razón, y por el profundo arraigo a su tierra, mi general decidió cambiar el nombre de la provincia por el de Cotopaxi, rindiendo tributo al célebre volcán. Para oficializarlo, aprovechó su autoridad y emitió un Decreto Supremo, no sin antes asesorarse con un pariente suyo, uno de los abogados más respetados y conocedores de la provincia.
El cambio de nombre no generó mayor oposición y mi general se alegró de darle a su provincia una identidad más representativa. Aunque respetaba la memoria de don Vicente León, quien sigue siendo honrado en calles, parques y en el colegio de Latacunga, su prioridad era rescatar la identidad local. Hoy en día, pocos saben que la transformación se debió a su deseo de bautizar a las provincias con los nombres autóctonos de sus volcanes.
Capítulo 16
Resiliencia ante la persecución
Durante una persecución política, mi General tuvo que refugiarse en nuestra casa de la calle Tamayo. Desde las ventanas veíamos a los pesquisas vigilando la esquina; no estaban seguros de que él se encontrara allí, así que esperaban a que saliera para arrestarlo. La tensión se mantuvo bajo control hasta que los agentes, asumiendo que los hijos estábamos solos, cruzaron el largo corredor del jardín y llamaron con fuerza a la puerta de entrada.
Mi hermano mayor salió a atender, bajo la estricta orden de no dejar entrar a nadie. El pesquisa, fingiendo la voz para hacerse pasar por un amigo de mi padre, le pidió que llamara a mi madre. Cuando ella se acercó, el hombre le dijo con total descaro: "Sí, Marianita, soy yo, Lobato". La imitación fue tan perfecta que mi madre confió y abrió la puerta; sin embargo, al darse cuenta del engaño e intentar cerrarla, el agente ya había metido el pie para bloquear el paso.
Al descubrir el engaño, mi hermano mayor dio el grito de alerta. Sin embargo, la fuerza de los intrusos superaba a mi madre, quien luchaba por sostener la puerta. Viendo que no resistiría mucho más, le ordenó a mi hermano que corriera a la alacena por un machete. No hubo tiempo: los hombres lograron abrirse paso a la fuerza y, pistola en mano, obligaron a mi madre a retroceder por el corredor.
Mis hermanos y yo veíamos todo entre gritos, pateando a los pesquisas para que soltaran a mi madre. En ese momento, ella agarró el machete y se les fue encima. Con el orgullo herido por el engaño y el empujón, desató contra ellos todo el florido vocabulario propio de una auténtica manabita. Al ver su determinación y sabiendo que no podían dispararle, los hombres se acobardaron y huyeron corriendo de la casa, mientras mi madre los perseguía hasta la calle machete en mano.
Al darse cuenta de lo que pasaba, los vecinos salieron en nuestra defensa, insultando y apedreando a los pesquisas hasta ahuyentarlos. Aquella valentía no era rara en mi madre; como buena manabita, tenía esa fama de mujer arriesgada que ya había demostrado antes, acompañando a mi padre en cada una de sus peligrosas aventuras sin una onza de miedo.
Mientras tanto, mi padre seguía atrapado en su habitación, debilitado por una enfermedad que los pesquisas pretendían aprovechar para arrestarlo. Sin embargo, ya estaba listo para saltar a la casa vecina. No era la primera vez que lo hacía: en anteriores ocasiones, al no encontrarlo, los agentes habían terminado interrogando a la empleada, obligándola a buscar a mi General hasta debajo de las camas.
Capítulo 17
El peso de la deslealtad
En cierta ocasión, dieron orden de prisión a mi General por conspirar contra el gobierno. Nunca supimos de dónde salió el chisme, en ese entonces el presidente imaginaba que todo el mundo conspiraba contra él. Hubo varios intentos de tomarle preso en la casa, pero mi General siempre tenía la habilidad de escurrírseles a los pesquisas, de una u otra forma, siempre acompañado por mi madre, quien le facilitaba todas esas andanzas.
Un día llegaron con orden de cateo. No hubo forma de parar a los pesquisas, que con un piquete de policías allanaron la casa a pesar de las protestas de mi madre y mis hermanos. Ella ya no podía hacer nada, pero confiaba en que él escapara por donde el vecino, como antes. Lamentablemente, a la casa contigua se había mudado una nueva familia costeña. Esta gente le abrió las puertas a la policía y lo entregó.
Cuando mi General se dio cuenta de la jugarreta, ya era tarde. Mientras un esbirro lo buscaba bajo la cama, él le llamó la atención. Con orgullo, le dijo que a un General de la República no se le busca debajo de las camas, aunque haya gentes traidoras en el barrio.
Capítulo 18
El costo de la integridad
A consecuencia del arresto, mi padre fue incomunicado por orden directa del dictador de turno. Pronto corrieron chismes de que los deportarían a Colombia o a Perú en cualquier momento, buscando tomarlos por sorpresa para que ni ellos ni sus partidarios pudieran reaccionar o conseguir dinero.
Como la comida en prisión era malísima y mi padre sufría del estómago, mi madre, fiel compañera de infortunios, le llevaba la comida todos los días. Un día preparó empanadas de verde, la especialidad de Manabí. Con mucha astucia, metió dinero colombiano y peruano dentro de ellas; era poco lo que cabía, pero se convirtieron en un verdadero Caballo de Troya, no para destruir, sino para salvar.
Para no levantar sospechas, mandó la canasta con la muchacha que trabajaba en la casa desde hacía años. Al llegar a la puerta del Panóptico (cárcel de los políticos), los guardias revisaron todo con cautela buscando armas. Por fortuna, pasó el control bajo el pretexto de que era la comida de dieta para su estómago enfermo. Así, mi madre le filtró una buena cantidad de billetes que él guardó con cuidado, sin saber su destino final. Ella sospechaba que iría a Colombia, pues las fronteras con el Perú estaban difíciles en ese entonces.
Finalmente, al grupo de "conspiradores" los desterraron sin previo aviso en Talara, una ciudad del norte peruano. Nadie llevaba dinero de ese país, ni siquiera ecuatoriano; gracias a la astucia de mi madre, el único que tenía algo para comer era mi General. Sin embargo, ese dinero no alcanzaba para los quince personajes importantes de la política nacional que conformaban el grupo.
Cuenta mi padre que estaba parado frente a la vitrina de una tienda en Talara, absorto en sus pensamientos. No sabía qué hacer ni cómo conseguir alojamiento decente para todos, pues eran gente de prestancia, mientras llegaba el dinero de sus familias en Ecuador.
De repente, un señor se le acercó y le preguntó: «¿Es usted el General Enríquez de Ecuador?». Mi padre se quedó sin habla por la sorpresa. Al reaccionar, reconoció al hombre: era alguien a quien le había hecho un favor, ya olvidado, cuando fue Presidente de la República. El señor se puso de inmediato a sus órdenes.
Aquel hombre los acomodó a todos en muy buenos lugares y les prestó dinero. Gracias a eso, mi padre pudo viajar a Lima, donde tenía conocidos y donde mi madre ya le había enviado más fondos. Cuando mi General quiso pagarle el favor, el señor se negó rotundamente a aceptar el dinero. Esto demuestra que hay buena gente en todas partes y que, aunque ecuatorianos y peruanos hemos tenido roces por mucho tiempo, al final somos humanos.
Capítulo 19
El hito de la sábila e innovación biológica
Florentino, un pariente médico, me contó que mientras estudiaba su especialización en Traumatología en los Estados Unidos, se mantuvo en constante contacto con mi General. A mi padre le intrigaba profundamente una planta muy usada en nuestras regiones como "curalotodo", pero de la cual no se conocía su principio activo: la sábila, o aloe vera.
Mi General sufría de un problema estomacal nervioso que le molestó toda su vida. En Santo Domingo de los Colorados, un indígena le alivió el malestar dándole a tomar un líquido de esta planta. Al ver que el remedio realmente funcionaba, mi General se interesó en aprender cómo usarlo con los nativos de la región. Convencido de sus propiedades, le envió a Florentino muestras de varias especies para que las hiciera analizar en los laboratorios norteamericanos.
Al principio, Florentino tenía recelo de pedirle los análisis directamente a sus profesores. Cuando comenzó a comentarles los milagrosos resultados que obtenían los indígenas, los docentes más cerrados lo tacharon de simple imaginación y superstición de "países subdesarrollados".
Sin embargo, otros profesores más abiertos se interesaron y le pidieron más información. Anticipándose a la desconfianza e idiosincrasia de los norteamericanos, mi General ya le había enviado a Florentino un expediente completo con datos recolectados no solo de Santo Domingo, sino de muchas otras regiones del país que él conocía a la perfección.
Gracias a esto, Florentino dio una conferencia ante un grupo selecto de científicos bioquímicos. Muchos de ellos ya habían viajado a la Amazonía brasileña y a Asia, por lo que respetaban la medicina de los chamanes. Al terminar la presentación, Florentino les repartió las muestras que mi General le había mandado. Pasaron los meses y, entre el silencio de los laboratorios y el ajetreo de sus estudios, el doctor se olvidó del asunto.
La sorpresa llegó tiempo después con la llamada de un científico de otra universidad que exigía muestras más grandes para nuevas pruebas. Quien las solicitaba era nada menos que el prestigioso Hospital Walter Reed de Washington donde, curiosamente, mi padre se había operado del estómago años atrás y les había hablado a los médicos sobre su tratamiento a base de trozos de sábila.
Pronto llegaron más solicitudes de otros centros de investigación. Como a Florentino se le habían acabado las muestras y el tiempo de estudios, los científicos norteamericanos terminaron usando los canales diplomáticos de su embajada en Ecuador para adquirir grandes cargamentos de la planta.
Al regresar al país, Florentino conversó con mi General sobre el enorme interés que despertó el tema, aunque admitió que ya no supo en qué pararon las investigaciones. Hoy en día, la sábila es una industria multimillonaria de cosméticos y medicinas. Lamentablemente, nadie le da crédito al doctor ecuatoriano que aguantó los desplantes de sus profesores, ni a mi General, que rescató el conocimiento ancestral de los Indios Colorados para ponerlo en manos del mundo moderno.
Capítulo 20
Justicia social directa
El padre de mi General tuvo varias haciendas, pero las fue vendiendo paulatinamente para repartir el dinero entre sus hijos. La última en la que vivió fue Pachusala, una propiedad gigantesca en las estribaciones del Iliniza, cuya casa de hacienda quedaba en la parte baja, en Tanicuchí. Cuando sintió que ya no podía administrarla, tomó la decisión de venderla. Aunque la familia y los amigos le rogaron que no lo hiciera, él, presintiendo que la vida se le terminaba, la vendió sin más trámite ni consulta.
Una vez concretada la venta, se instaló en Quito, en una hermosa casona de la Recoleta, frente al Ministerio de Defensa. Fue entonces cuando mis hermanos y yo pudimos conocerlo mejor, ya que antes se la pasaba metido en Pachusala. En Quito lo visitábamos muy a menudo; mi padre siempre iba a su casa a jugar a las cartas, compartiendo partidas de Tresillo con sus nietos más grandes.
Un día, el abuelo le pidió a mi General que regresara a la finca. Quería entregar voluntariamente una remuneración extra a cada familia de peones como recompensa por tantos años de servicio leal en las duras tareas agrícolas. No quería hacerlo personalmente, así que le confió la tarea a mi padre, quien llevaba una lista larguísima con los nombres de los trabajadores a los que conocía de toda la vida.
Recordando la magnitud de Pachusala, la finca llegó a tener una recua de más de doscientos burros muy bien mantenidos para bajar las cosechas del páramo, además de hermosos caballos de caballería que mi General le había ayudado a seleccionar.
Cuando llegamos a Pachusala, se armó un alboroto inmenso. La presencia del hijo del "patrón grande", como llamaban a mi abuelo, fue la gran novedad, pues todos querían a mi General; él había nacido cerca y de niño había jugado con muchos de ellos. Pero el revuelo fue mayor cuando supieron que llamaba a los peones que vivían en el páramo para entregarles su recompensa. Aquello era un rasgo de generosidad inusual en las haciendas de antaño, que solían venderse con todo y enseres, incluyendo a los jornaleros que tenían su huasipungo en esas tierras.
De inmediato se enviaron emisarios a caballo por toda la hacienda, una travesía que tomaba casi todo el día. Mi General empezó a repartir los sobres con el dinero preparado en Quito, demostrando el gran interés por los demás que caracterizaba a la familia.
Aún tengo grabado el pesar tan grande de mi General al despedirse de cada uno de ellos con un fuerte abrazo, como si fueran sus propios hijos. Los indígenas, conmovidos, le besaban las manos en señal de gratitud y admiración. Fueron dos días completos de despedidas nostálgicas. Las familias más allegadas, que incluso habían vivido en Quito, no podían aceptar que su patrón se fuera para siempre.
Ahí pude comprender el inmenso cariño que mi padre le tenía a la finca donde se crió, y su profundo respeto por los indígenas, que históricamente habían sido maltratados en el país. A ellos les entregó su mayor legado: el Código del Trabajo, dictado cuando fue Jefe Supremo de la República. Un estatuto histórico que benefició a todos los trabajadores del Ecuador y que plasmó, para siempre, el pensamiento de justicia social de mi General.
Capítulo 21
Un hito de infraestructura deportiva y bienestar
Durante su época como Jefe Supremo, mi General puso mucho empeño y apadrinó la construcción de la piscina olímpica de Guayaquil. Sin embargo, la obra se terminó cuando gobernaba un enemigo político suyo, quien por mezquinas razones populacheras no quería permitir bajo ningún concepto que mi padre asistiera a la inauguración.
Por orden presidencial, el Ministerio de Gobierno mandó a vigilar la manzana de nuestra casa para impedir que saliera hacia Guayaquil. Los pesquisas controlaban todo, especialmente la puerta trasera que daba a la calle Plaza, donde funcionaba una fábrica extractora de quinina de propiedad de mi padre; de allí solía salir una camioneta a dejar los desperdicios en el basurero municipal.
Todas las mañanas, los agentes de la calle Tamayo veían a mi General dar su paseo habitual con su perro "Lobo", un pastor alemán muy fiel. Mi padre era inconfundible desde cualquier distancia: siempre usaba sus botas de caballería, un sombrero a tono y un pintoresco poncho antiguo a rayas. Al verlo caminar, los pesquisas avisaban por señas a los custodios de la calle Plaza que el objetivo estaba bajo control, descuidando la atención sobre la camioneta de la fábrica.
Faltando dos días para el gran evento, pusimos en marcha el plan. Mi General se camufló en el cajón de la camioneta, oculto entre los desperdicios de la quinina, y logró salir de la manzana sin levantar sospechas. Para mantener el engaño, un hermano de mi padre, previamente amaestrado para pasear al perro, se vistió con el poncho, las botas y el sombrero del General, continuando con la rutina en la vereda enladrillada.
Mientras los esbirros creían vigilar al General en Quito, mi padre ya viajaba rumbo a Guayaquil. El escape fue perfecto gracias a un cuñado suyo que trabajaba como correo del ferrocarril; él lo camufló en el vagón postal, un sitio donde por seguridad estaba prohibido llevar pasajeros y donde a nadie se le ocurriría buscar. Al llegar a la costa, mi General se refugió en casa de un sobrino a esperar el gran día.
El día de la inauguración, los periódicos de Quito y Guayaquil ya habían comentado los aparatosos esfuerzos del gobierno por encerrar a mi padre, por lo que la expectativa del público era enorme. Minutos antes del acto oficial, mi General entró al recinto del brazo de mi madre, desatando un apoteósico recibimiento y un largo ¡viva! de la multitud que conocía su autoría en la obra.
Poco después, el Presidente hizo su entrada y recibió una rechifla monumental por parte del pueblo guayaquileño. Con el rostro enrojecido por la rabia y la humillación, el mandatario tuvo que retirarse del evento. Su única opción fue imponer un castigo ejemplar a sus "inútiles" esbirros, quienes habían permitido que mi General se burlara de él de una forma que jamás le perdonaría en la vida.
Capítulo 22
Visión comercial con base natural
Un amigo le presentó a mi padre el proyecto de un negocio que le pareció magnífico. Las grandes fábricas farmacéuticas extraían el clorhidrato de quinina, el remedio contra el paludismo, cocinando y prensando la corteza de la quina, un árbol de los bosques del sur de Ecuador y el norte de Perú. El negocio de mi padre consistía en comprarle a los laboratorios LIFE los desperdicios de esa cascarilla que ellos desechaban como basura, para volver a prensarlos con máquinas de mayor fuerza.
Al principio, los laboratorios LIFE estaban felices de que les limpiaran los desechos y les compraban a mis padres la quinina extraída a un precio bajo, pues el producto salía algo turbio debido a que la alta presión rompía otras células del árbol. Con el tiempo, la demanda subió tanto que LIFE empezó a cobrarles por la basura de la cascarilla, pero el negocio seguía siendo redondo.
El verdadero milagro ocurrió en la cocina. Mi madre era la encargada de la purificación final. Un día, estando muy apurada por salir, no podía esperar a que la paila-tazón con el líquido hirviendo se enfriara de forma natural. Para apurar el proceso, empezó a batir el líquido rápidamente, alzándolo con un cucharón y dejándolo caer para que el aire lo enfriara de golpe. Una vez tibio, lo pasó a otro recipiente y lo dejó decantar para irse tranquila.
Cuando regresaron a la fábrica, se llevaron una sorpresa monumental: el líquido había adquirido una pureza y una blancura jamás vistas. Al batir y airear el producto con tanta velocidad, mi madre había evaporado los elementos que enturbiaban la quinina de forma natural y sin usar químicos. Mis padres rehicieron el proceso y perfeccionaron la metodología. La especialista absoluta era mi madre, Mariana Calderón, quien se había inventado un sistema de purificación super eficiente por pura casualidad.
La sorpresa se transformó en recelo para los empresarios de LIFE. Al ver que la quinina de mis padres era más pura y blanca que la de ellos, empezaron a sospechar de alguna trampa o contrabando; no les cabía en la cabeza que unos productores artesanales los superaran. Para boicotearlos, LIFE les subió el precio de la cascarilla y les puso mil trabas. Ante esto, los socios decidieron vender el secreto de purificación, que era el derecho de propiedad de mi madre.
LIFE rechazó la oferta creyendo que era un fraude, por lo que mis padres buscaron compradores en Colombia. Los científicos colombianos, igual de incrédulos, exigieron una prueba. Mi madre tuvo que demostrar su valía encerrándose sola en un laboratorio, únicamente con los materiales indispensables que solicitó.
Al ver el resultado, los colombianos quedaron mudos. El proceso era tan sencillo que, tras firmar los contratos y revelarse el misterio, intentaron echarse para atrás para no pagar el precio acordado. Sin embargo, tuvieron que cumplir la palabra y pagar cada centavo por respeto a los contratos y al nombre de mi General.
Capítulo 23
Dinámicas familiares y libertad de elección
Debo haber tenido unos doce años cuando mi hermana menor, Marianita, fue bautizada en la iglesia del Belén, frente al famoso "Churo" del parque La Alameda. Mis padres le dieron la libertad de que ella misma escogiera a sus padrinos, por lo que ya se imaginarán la edad que tendría la pequeña cuando se pretendía oficiar la obligación religiosa.
Al darse cuenta de que no era una recién nacida, sino una niña de unos cuatro años, el sacerdote se negó en principio a bautizarla, haciendo alarde de su autoridad. Mi General, tras una pequeña discusión, montó en cólera y ordenó a toda la familia salir de la iglesia. Sentenció que, si el cura no la bautizaba, la niña se quedaría así toda la vida y la responsabilidad recaería sobre el sacerdote.
Cuando el curita se enteró de quién era el padre de la niña y vio su determinación, salió disparado de la iglesia. Alcanzó a mi General en la puerta de su carro y le rogó que regresara para bautizarla. Como Marianita ya tenía edad para elegir, había seleccionado a su hermano mayor como padrino. Desde entonces hasta el día de hoy, más de sesenta años después, le sigue llamando "padrino" a su hermano.
Capítulo 24
Una lección sobre etiqueta y detalles
Mi General trajo de la hacienda de su padre a un muchacho indígena llamado Agustín, con la finalidad de que estudiara en una escuela especial cerca de la casa. En ese entonces, como éramos más o menos de la misma edad, él era mi gran compañero de juegos.
Un día nos sentamos a la mesa y, como era costumbre, papá tenía invitado a almorzar a un amigo. No era un invitado de mucha confianza, por lo que había que cuidar la etiqueta. Al sentarnos, mi General notó que faltaban las servilletas y que quien había puesto la mesa era Agustín. Con mucha paciencia, lo llamó y le dijo: «Vaya donde el vecino y dígale que nos preste servilletas para el almuerzo».
Agustín, obediente, salió disparado. Pero justo al llegar a la puerta de salida, cayó en cuenta del asunto, regresó cabizbajo y le dijo: «Patrón, pero sí hay servilletas en la casa... ¿para qué voy a pedir prestadas?». La risa de todos en la mesa fue enorme, y el pobre muchacho, con una cara de pena muy grande, tuvo que ir corriendo a la alacena a sacarlas.
Capítulo 25
Convivencia entrañable con los animales
Cuando yo era un muchacho de unos ocho años, vivíamos en la casa grande de la calle Tamayo. Como el patio era enorme, mi padre tenía allí a un perro hermoso e inteligente que llamábamos Lobo. Si la inteligencia se pudiera medir por los instintos, ese animal era lo más obediente que se pudiera esperar de un can.
A la hora de la comida, Lobo era el primero en acercarse al comedor y acomodarse en su lugar: justo al lado de la cabecera, junto al puesto de mi General. Agustín, que servía la mesa, le ponía su tazón de comida en el suelo, justo en frente de él.
El perro se quedaba inmóvil; jamás tocaba el tazón. Esperaba pacientemente a que mi padre tomara su propio vaso de leche y le salpicara un poquito en la comida. Solo en ese instante, Lobo empezaba a comer hasta dejar el plato limpio, para luego retirarse silenciosamente a su rincón preferido.
Cuando contábamos esto fuera de casa, nadie lo podía creer. Más de uno se atrevió a hacer apuestas para comprobar si de verdad Lobo se aguantaba las ganas de comer sin la leche de papá. Lógicamente, todos perdieron el dinero, porque religiosamente el animal siempre cumplía su palabra.
Capítulo 26
Un relato de lealtad y duelo necesario
Cuando jugábamos a cazar catzos en la calle Tamayo, Lobo siempre nos cuidaba sentado al borde de la vereda. En ese entonces, la calle no tenía asfalto ni veredas verdaderas como las de hoy; apenas era un diseño de tierra, por lo que encontrar a estos abejones volando entre los prados era lo más fácil del mundo.
El vecino de enfrente tenía un perrito pequeño, mezcla de maltés y pequinés. Como los dos animales se conocían de toda la vida, se llevaban muy bien a pesar de la enorme diferencia de tamaño, e incluso compartían juegos de vez en cuando.
Un día, mientras cazábamos catzos con mi hermana menor, que apenas tenía unos tres años, ella se descuidó siguiendo a un insecto y se acercó demasiado al territorio del perrito vecino. El animal, sintiéndose invadido, le ladró con claras intenciones de atacarla.
Yo estaba en cuclillas y no tuve tiempo de reaccionar. Solo vi al Lobo saltar por encima de mí a toda velocidad; tomó al perrito por el cuello para defender a mi hermana y, de dos sacudones, lo dejó malherido en el suelo. Nos asustamos muchísimo e intentamos intervenir, pero ya era tarde: el pequeño animal chillaba dando vueltas y, en menos de un minuto, estiró la pata.
Cuando llegaron los vecinos, se negaron a aceptar que la culpa había sido de su mascota. Aseguraban que nosotros habíamos azuzado al Lobo para que atacara, y aunque intentamos explicarles que solo defendía a la niña, no hubo manera de hacerlos entrar en razón.
A los pocos días de este terrible suceso, nuestro querido Lobo empezó a sufrir unos dolores espantosos. Por recomendación del veterinario, tuvimos que acelerar su muerte para evitarle el sufrimiento; alguien lo había envenenado dándole carne con vidrio molido.
Mi General, profundamente dolido por la crueldad del acto, le retiró la amistad de por vida a ese vecino. Al señor le dolió mucho el distanciamiento, pues en el barrio todos querían y respetaban a mi padre. Sin embargo, fiel a su carácter digno, mi General nunca le hizo un reclamo formal ni buscó un enfrentamiento directo.
Capítulo 27
Cercanía con figuras influyentes
Mi General tenía un gran amigo de muchos años con quien se llevaba casi como un hermano: don Pepe. Él visitaba mucho la casa, así que todos lo conocíamos bien. Un día, como era costumbre en aquellos buenos tiempos, papá lo invitó a almorzar y don Pepe se sentó a su lado derecho.
Agustín, el muchacho traído de Pachusala, fue el encargado de servir la mesa. Al traer el primer plato, le sirvió primero al General. Mi padre le llamó la atención con mucha delicadeza, explicándole que en la mesa el invitado siempre va primero.
El tímido muchacho tenía la costumbre de atender primero a mi padre porque así se lo había enseñado mi madre; además, como lo conocía desde la hacienda del abuelo, seguramente hasta le tenía miedo. Al traer el segundo plato, Agustín volvió a equivocarse y le sirvió de nuevo al General. Esta vez, mi padre fue más drástico y le repitió de forma más dura que primero era el invitado. El pobre muchacho se sonrojó de la vergüenza por el olvido.
El problema vino con el tercer plato, que por costumbre en la casa solía ser un dulce. Agustín, completamente confundido entre las órdenes de mi madre y los reclamos de mi padre, volvió a cometer el mismo error y le plantó el postre primero al General. Muy disgustado, mi padre lo sentenció: «Ve, pedazo de soquete, por más cara de pendejo que tenga, el invitado es primero». Sobra hacer comentarios de la moraleja.
Capítulo 28
El rigor que no hacía distinciones
Mi hermana menor me contaba que en casa de mis padres se celebraban muchas fiestas. Su grupo era muy dedicado a la farra, pero en un sentido sano; les encantaba bailar con mucho ánimo y sin ninguna malicia. Eran jóvenes muy sanos, la mayoría basquetbolistas como yo. Por ese entonces, yo estudiaba agronomía en la costa y pasaba las vacaciones trabajando en la Estación Experimental de Pichilingue, en Los Ríos.
En una de esas fiestas, un amigo de mi hermana (hijo de alguien muy conocido de la familia) llegó muy fachoso, es decir, en blue jeans. A mi padre le disgustaba profundamente que un muchacho se presentara así a una fiesta formal, por lo que llamó a mi hermana y le ordenó pedirle al joven que fuera a cambiarse, ya que vivía a solo cuatro cuadras. El muchacho obedeció, regresó muy elegante y mi General se le acercó con un brindis para decirle que esa era la forma correcta de presentarse en la casa del amigo de su padre.
Casi siempre, mi hermana me pedía que la acompañara a los bailes de graduación de los colegios de Quito, como La Salle o el San Gabriel. Mis padres daban el permiso con gusto siempre y cuando yo fuera con ellas, pues me consideraban un joven serio: por principio, jamás bebía una sola gota de licor ni fumaba, un carácter que muchos muchachos de la época no lograban comprender.
Un día, mientras nos reuníamos en casa con los amigos antes de salir, noté que mi hermana y sus dos compañeras estaban excesivamente maquilladas. No había cosa que me disgustara más que la pintura exagerada en la cara de las mujeres. Mi padre, que sabía perfectamente lo que yo pensaba, las miró y me guiñó el ojo. Con esa seña preestablecida, les advertí que yo las acompañaba con mucho gusto, pero que debían lucir como muchachas decentes y que así, tan pintadas, no las iba a llevar a ningún lado.
Mi madre apareció con su típica sonrisa protectora, dándoles a entender que o se lavaban la cara o nadie salía de la casa. Ante el asombro de los invitados, las chicas fueron al baño, se lavaron el rostro y volvieron al instante al natural. Con la aprobación de mis padres, nos fuimos corriendo a la fiesta.
Años más tarde, me casé con mi esposa, Sonia, en Costa Rica. Ella me encantaba, entre muchas cosas, porque naturalmente no le gustaba pintarse la cara; quizás por eso me fijé tanto en ella.
Para el matrimonio, mi madre y mi hermana menor (la misma de la limpieza de la cara) viajaron desde Ecuador. Como dicta la tradición, el novio no puede ver a la novia hasta el momento de levantar el velo en el altar. Cuando llegó ese instante, me llevé una sorpresa monumental: ¡Sonia tenía la cara perfectamente maquillada!
Durante la recepción en un salón reservado para esos menesteres, mi hermana se me acercó con una sonrisa de cuerpo entero y me soltó el golpe: «La venganza es dulce... ¿Qué te pareció la pintura en la cara de Sonia? Sabíamos que no te gustaba, ¡así que nosotras mismas la maquillamos!».
Capítulo 29
La aventura de conocer la geografía
Buscando tierras para iniciar un negocio de abacá, mi General planificó un viaje a la costa junto a un amigo y un sobrino. Para la travesía consiguieron un vehículo antiguo que fue modificado por un primo nuestro, un brillante ingeniero mecánico de la aviación.
Las adaptaciones eran vitales: le instaló un radiador extra para enfriar el motor y calibró el carburador para soportar la falta de oxígeno, ya que debían coronar la cordillera a más de 4.000 metros de altitud. Al automóvil, convertido en camioneta de cajón y pintado de verde, le apodaron "La Chirlecres" porque parecía una lora. Armados con hamacas, ponchos de agua, ponchos de lana para el frío, comida precocida, abundante agua y una buena caja de herramientas, salieron una fría madrugada por la ruta Quito-Latacunga-Macuchi-Quevedo.
El viaje marchó de maravilla hasta iniciar la subida de Tigua, donde el carro perdió fuerza. El ingeniero tuvo que reajustar el carburador y, aunque el auto respondió perfecto, mi General, que no entendía nada de mecánica y siempre prefirió los caballos, no paró de embromar a su sobrino por los "arreglos" del vehículo.
Al bajar de Tigua comenzó a oscurecer. Como en esa época no existían albergues para viajeros, tuvieron que adentrarse en los inhóspitos páramos de Apagua y Zumbahua. Divisaron un grupo de chozas indígenas y, aunque al principio los comuneros desconfiaron, al reconocer a mi General los recibieron con enorme cariño. La dueña de casa les improvisó una cena campesina con tostado, máchica, leche de cabra y un espeso locro de papas.
Como llevaban equipo de acampar, se acomodaron rápido para dormir. Sin embargo, mi General les advirtió con picardía que no se movieran mucho, pues los piojos y pulgas de las chozas buscan siempre a los cuerpos más calientes. Las burlas de mi padre iban dirigidas especialmente a su sobrino, quien había pasado casi toda su vida estudiando y trabajando en las comodidades de los Estados Unidos.
A la madrugada siguiente, se levantaron con el cuerpo lleno de picaduras que no paraban de rascarse. Entre las risas y bromas de mi General hacia sus refinados compañeros, pagaron a los indígenas, empacaron la Chirlecres y reanudaron la marcha.
El resto del camino hacia Quevedo avanzó sin novedades. Desde allí, continuaron a caballo hacia la zona de Valencia para conocer las tierras. Como era época de verano y los ríos estaban bajos, cruzaron con facilidad varios esteros hasta llegar a la propiedad, a la que llamaron "Lampaderas". El sitio les encantó porque tenía acceso al río y un área perfecta para construir. Dejaron contratado a un lugareño para que levantara un bohío y, tras acampar una noche donde un vecino, emprendieron el regreso.
El viaje de retorno estuvo lleno de peripecias: el doble radiador falló, el motor se recalentó y el carburador dio más de un dolor de cabeza. Pese a los percances propios del camino, lo que más quedó grabado en la memoria familiar fueron las bromas de doble sentido que mi General les lanzó durante todo el trayecto; anécdotas compartidas que, incluso muchos años después, seguían desatando carcajadas en las reuniones familiares.
Capítulo 30
Expansión y visión de futuro agrícola
En 1939, luego de entregar el poder al Congreso elegido por el pueblo, mi General se dedicó a los negocios privados. El que más interesaba a la familia era un proyecto de desarrollo agrícola para explotar abacá (fibra de marinería) junto a una de sus hermanas, quien quería invertir sus ahorros. En ese entonces, el abacá era considerado material estratégico de guerra; aunque la Segunda Guerra Mundial aún no estallaba, ya se presentía el conflicto en Europa.
El convenio se firmó con una compañía alemana. Mi General y su hermana adquirieron la finca "Lampaderas" (de unas 8.000 hectáreas) y ponían la tierra y la mano de obra. Por su parte, la empresa alemana se comprometía a proveer la infraestructura, las plantas que no existían en el país y toda la maquinaria pesada para abrir caminos y procesar la postcosecha.
Al principio todo marchaba a la maravilla. La empresa cumplió con los envíos y mi General recibió los papeles para tramitar el desembarque en el puerto de Guayaquil. En aquellos tiempos, a diferencia de hoy, el Estado daba preferencia absoluta a las importaciones agrícolas. En la finca ya se habían abierto los caminos provisionales y levantado un rancho, listos para la siembra.
Cuando todo estaba a punto, llegó la peor de las noticias. El barco que transportaba toda la maquinaria y el material genético de la quina y el abacá estaba cruzando el Canal de Panamá justo el día en que estalló la guerra en Europa. Como los norteamericanos tenían el control absoluto del canal, confiscaron el buque alemán sin dar mayores explicaciones.
Toda la maquinaria se perdió y el material genético quedó abandonado en alguna finca panameña; años más tarde, cuando se hizo el reclamo formal, nadie dio razón de las propiedades incautadas. Décadas después, en los años sesenta, el país lograría experimentar con materiales de abacá gracias a los japoneses y a la Estación de Pichilingue (hoy parte del INIAP), pero para mi padre, la gran oportunidad se había esfumado en el mar.
Sin el capital de inversión extranjero, sostener una propiedad tan inmensa se volvió una tarea titánica. Mi General dividió la hacienda a la mitad con mi tía y, posteriormente, entregó una gran extensión al gobierno a cambio de que le garantizaran la propiedad de una finca más pequeña, de 360 hectáreas, que planeaba dejar como herencia para sus hijos.
Lo más triste e irónico de esta aventura es que, años más tarde, el propio Estado propició la invasión y el asalto a mano armada de esas tierras, a pesar de que estaban trabajadas mucho más de lo que exigía la ley. Al final, de aquella visionaria empresa agrícola donde invertimos con tanta ilusión el General, sus hijos y su yerno, hoy no nos queda más que el recuerdo.